Después de un tiempecito de no escribir por este medio, me siento muy contento de regresar nuevamente. En esta ocasión, recordando la historia del Charro Negro. Por supuesto, versión mi abuela.
Hoy tomo nuevamente mi máquina del tiempo mental y me traslado a las historias nocturnas en la cocina de mi abuela. La cual, como ya les había comentado anteriormente, se encontraba un poco lejos de la casa principal porque usaba leña para cocinar.
Pues bien, una de las historias que solía contar mi abuela, era la del Charro Negro. Personaje de ultratumba, que algunos decían, era el mismísimo Chamuco. Quien viajaba a lomos de un caballo negrísimo, de ojos rojos intensos y que se llevaba a los incautos y a los ambiciosos. Ve tú a saber con qué destino.
Si no mal recuerdo, la historia es la siguiente:
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El charro negro era un humano normal
Se supone que antes de volverse el charro negro, esta aparición era un empleado de una hacienda en tiempos de la colonia. Quien ambicionaba tener riquezas, poder y placeres carnales. Pero sobre todo, ardía en deseos de poder lucir el traje típico del charro mexicano. Soñaba con sus remaches de plata, sus bordados en oro y su gran sombrero hecho por las más expertas manos del país.

Total, que después de muchos intentos y muchas fallas en los métodos para la consecución de sus anhelos. Este empleado decidió vender su alma al pingo a cambio de todo eso que deseaba. De manera tal, que según su pacto, cuando muriera se iría derecho y sin escalas al infierno.
El pacto tuvo sus frutos
Paso el tiempo y gracias a su demoniaco pacto, se llenó de riquezas y placeres banales. Y en algún momento, de la compañía de un caballo negro que solo podía montar él, sin excepción.

Desgraciadamente, a pesar de tener la mayor suerte del mundo tanto en los negocios como en el juego, nunca se compadeció de nadie. Nunca ayudó a ser vivo alguno a excepción de su caballo. Al contrario, se encargó de despojar a las personas de lo más querido que tuviera, ya sea material o inmaterial. De hecho, no había maldad que no hubiera realizado ya, con la impunidad de saberse protegido por las fuerzas del mal.

Todo plazo se cumple
Sin embargo, como no existe plazo que no se cumpla, llegó el tiempo de pagar su trato. Por lo cual, el diablo empezó a toparse con el de manera frecuente para recordarle que pronto debía cumplir con su compromiso.
El futuro Charro Negro, pronto empezó a sentir la zozobra de tener que abandonar la vida de placeres que ahora tenía. A sentir que era demasiado joven como para pasar una eternidad en las profundidades del averno. En suma, no se sentía preparado para abandonar este mundo.
Pronto empezó a sentirse arrepentido del trato que había realizado. No tanto porque lamentara sus maldades, o la manera tramposa de sus triunfos, sino porque no quería desaparecer.

La trampa
Una tarde de angustia, mientras veía al diablo rondar por el rancho donde se encontraba, se acordó de las enseñanzas de su madre. Recordó que el maligno no podía permanecer en presencia de símbolos religiosos. Así que, ni tardo ni perezoso, dio la orden a sus empleados de llenar todos sus ranchos y alrededores de cruces y demás enseres religiosos. De manera tal, que ningún ser infernal pudiese acercarse. Y así sucedió, el chamuco dejo de aparecerse en su rancho y en los alrededores.
Pero, como ustedes se han de imaginar, una vez que se sintió seguro, se olvidó de su deuda y empezó a irse lejos de los ranchos nuevamente. Hasta que un día, se topó con el chamuco nuevamente. Quien visiblemente enojado, le indicó que ya venía a cobrarse.
Lleno de angustia, al saber que su momento final había llegado, el charro intentó huir. Pero, por mucho que galopara. Por mucho que tomara diferentes veredas. Siempre regresaba a la presencia del chamuco. Motivo por lo cual, como última opción, hizo que su caballo atacara a quien venía a concretar el cumplimiento del trato.

El castigo del Charro Negro
El pingo no podía creer tal nivel de desfachatez de aquel humano y su caballo. ¿Cómo era posible que pensara siquiera que podía escapar a su compromiso?, es más ¿cómo podía pensar siquiera en hacerle daño?
Esto sin duda merecía un escarmiento adicional. Y, como de todo mundo es sabido, siempre puede haber destinos peores que la muerte.
El diablo congeló el tiempo sobre el charro para pensar mejor su castigo. Caviló un poco y consideró que bien podría obligarle a servirle por toda la eternidad.
Su trabajo y castigo sería vagar por el mundo tratando de convencer a otros ambiciosos, como él, de establecer el pacto maldito. Riquezas y placeres a cambio del alma. Y de paso, asustar hasta la muerte a cualquier incauto que se atravesara por su camino.
Eso sí, como buen sirviente del chamuco, no podía andar por ahí desarrapado causando lástimas. Así que le permitió conservar las más elegantes de sus ropas y al caballo que tanto quiso en vida. Caballo que ahora estaba convertido en un brioso corcel infernal con ojos de fuego.

Esta era la historia que mi abuela contaba. La cual no daría tanto miedo si no fuera, como les conté antes. Carecíamos de luz eléctrica y ella decía que se aparecía debajo del árbol de mango que estaba cerca de mi casa.
Estimados amigos, les deseo que tengan un día esplendoroso y les envío un fuerte abrazo allá donde se encuentren.
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