En este momento, cuando la tarde se vuelve un poco más cálida y el sueño hace pesado mis ojos. Me preparo para sumergirme de nuevo en un viaje a través del tiempo. Hacia el pueblito de mi niñez.
Recuerdo claramente, como si fuera ayer, la casa de mis abuelos paternos. La cual estaba separada de la de mis papás por una especie de pasillo nada más.
También se me viene a la mente la cocina de mi abuela, que estaba un poco más lejos, cerca de un árbol de guayabas.
Y estaba en una ubicación más alejada, debido a que no era una cocina moderna, propiamente dicho. No, para nada, en realidad era un fogón de leña, sobre el cual se ponía un enorme comal de barro. Y este comal enorme estaba cubierto de cal, para que las tortillas no se pegaran.

Aún puedo verme a mi mismo atraído por el aroma de la leña al consumirse en el fuego. Yendo desde mi casa, cruzando por la de mis abuelos hasta llegar a la cocina de mi abuela. Ella al verme solía invitarme algún taquito de sal acompañado de un delicioso café de olla.
Las historias junto al fogón de mi abuela
Algunas veces, en las noches, después del café nocturno. Mientras la luna llena hacía lucir los árboles cercanos como cuerpos de ancianos con brazos delgados intentando bailar. Solía contarnos a mis primos y a mí, muchos cuentos e historias de miedo, como la del Charro Negro o la del perro del diablo. Lo cual no sería tan aterrador si no fuera porque dicho charro, se aparecía en un árbol de mango cercano. Luego, a la hora de regresarme a mi casa, siempre iba con un miedo tremendo, pero era ahí donde estaba la emoción de sentarse junto al fogón de mi abuela.

Estimados amigos, otro día les cuento otro cachito.


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