Cerrar los ojos, respirar profundo y romper las leyes de física para poder viajar en el tiempo. Vuelvo a estar en aquel pueblito a las faldas de uno de los cerros que rodean a la ciudad.
La vivienda
La casa de mi niñez en el pueblo en aquel tiempo era una casita de madera y láminas de cartón negro como techo, con un único cuarto. Tenía algunas ventanas y un par de puertas. No teníamos luz eléctrica, ni drenaje y el agua potable escaseaba bastante.

Los untensilios


Para alumbrarnos usábamos un quinqué (les pondré en las fotos el modelo que usábamos). Para encender ese quinqué había que ir a comprar petroleo por litro. Para ver la televisión se utilizaba un acumulador (batería) de coche, y había que ir a recargarlo periódicamente. Ya que cuando la energía del acumulador comenzaba a extinguirse, solo se podían ver líneas bajando por la pantalla.
Las salsas tenían que hacerse en molcajete o con raspadores de queso. La ropa se planchaba con una plancha de hierro que se calentaba sobre la estufa. Lo irónico de todo esto es que ahora que puedo planchar con electricidad, poco me importa andar con la ropa planchada.
El agua potable
Para tener agua en los tiempos de escasez, ésta se tenía que acarrear con cubetas desde pozos que no estaban precisamente cerca. Recuerdo que yo usaba un palo con un par de ganchos que le llamábamos maroma el cual permitía cargar dos cubetas a la vez. También recuerdo que mi abuelo, mi tíos y mi papá intentaron hacer un pozo más cerca. Pero después de varios metros de excavación, encontraron tremendo monolito, que aunque lo intentaron romper primero a golpe de marro, después por otros medios. Jamás lo lograron y ahí quedo ese intento.

El techo de la casa de mi niñez en el pueblo
Me vienen a la mente el techo de lamina de cartón. El cual, después de un tiempo de uso terminaba por agujerearse. Recuerdo los días de lluvia. Había que poner trastes por doquier para colectar el agua que entraba. Y evitar así, que terminara desparramada por todo el suelo o mojando las camas. Sin embargo, lo bello fue un día, cuando hubo un eclipse de sol. Éste pudo verse replicado múltiples veces en distintos tamaños por todo el suelo.

El baño
También recuerdo las noches en que daban ganas de ir al baño. La falta de drenaje te obligaba a realizar tus necesidades en el monte. De esos recuerdos, los que más me vienen a la mente en este momento, son los ojos de las arañas. Estos brillan, como los de los gatos o los perros, cuando les apuntas con las lamparas de pilas (lamparas sordas). De ahí se desprende otro recuerdo. Las veces que llovía y tenias que hacer del baño sombrilla en mano con el agua escurriendo por los glúteos como un bidé natural.

Bueno, otro día les cuento un poco más, que todo esto también tiene su parte buena. Cada cosa que acontece en la vida, va llenando la mente y el alma de experiencias. Cada experiencia es una poesía por contar, que cada uno de nosotros tenemos en el corazón, ya sea que la escribamos o no.


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